viernes, 22 de noviembre de 2024
GLADIATOR II
viernes, 1 de diciembre de 2023
NAPOLEÓN
Ridley
Scott es el responsable de numerosas películas que he visionado una y otra vez,
desde “Alien, el octavo pasajero” a “Blade Runner” y “Thelma & Louise”,
pasando por “Gladiator”, “Black Hawk derribado” o “Red de mentiras”. Se trata
de un británico todo terreno con sobrada capacidad para rodar buen cine.
Cuestión distinta es que no siempre dé en el clavo. En ocasiones, desconcierta
por completo con títulos como “La teniente O'Neil”, o provoca los peores presagios
anunciando una segunda entrega de “Gladiator”. Aun así, su valía queda fuera de
toda duda. Por ello, ya se ha ganado en virtud de sus sobrados méritos alcanzar
el olimpo de los cineastas. Dicho lo cual, “Napoleón” pertenecerá a ese grupo
de cintas que yo revise periódicamente.
Gran
parte del trabajo de Scott se halla marcado por la épica, de modo que no me
sorprendió su interés hacia el perfil del célebre emperador francés. Y, si bien
la grandilocuencia marca la proyección de este film, refleja una pomposidad sin
alma. No pocos castillos, vestuarios recargados, enormes batallas y gigantescos
egos se alían en una trama cuyo hilo argumental, sin embargo, resulta inconexo,
falto de garra e, incluso, aburrido. Más allá de los saltos temporales entre
escenas, existen diversas secuencias que no encajan dentro de la narración.
Por
momentos peca de una falta de originalidad impropia en un proyecto de esta
magnitud. No alcanzo a entender cómo en determinados planos se introducen temas
musicales compuestos por Dario Marianelli para “Orgullo y prejuicio” (2005), de
Joe Wright, cuando es Martin Phipps quien firma el resto de la banda sonora.
Para colmo, el tono romántico de la exquisita melodía de Marianelli no casa en
absoluto con las imágenes a las que aquí acompaña, dando lugar al rechinar de elementos
sobre los que se desarrolla el relato. Más allá de las críticas vertidas por
los historiadores, que acusan al largometraje de falta de rigor en ciertos
tramos del guion, queda patente la pretensión de que la magnitud del personaje
sirva para captar la atención del espectador. Y durante un tiempo lo consigue
pero, ante un metraje de dos horas y media, tendría que haber existido más mimo
en la recreación y en la construcción de las demás personas que aparecen en
pantalla, pues la concatenación de batallas y el subrayado de la vanidad de los
protagonistas no bastan. En “Gladiator”, los diferentes papeles, trabajados con
mayor profundidad, disponían de diálogos memorables dentro de un argumento
mucho más sugestivo. En “Napoleón”, por el contrario, se abusa de las
posiciones rígidas y de las miradas distantes.
Joaquin
Phoenix, ganador de un Oscar por su actuación en “Joker” y nominado gracias a
su participación en “Gladiator”, “En la cuerda floja” y “The Master”, da vida
al controvertido emperador galo. Ejecuta una correcta labor, generando de nuevo
la duda sobre el verdadero grado de dificultad que le supone cada
interpretación, teniendo en cuenta la perturbación y el desequilibrio que
muestra públicamente en la vida real. Continúa apuntalando su leyenda con otro
personaje excéntrico, aunque a mi juicio recurre en exceso a recursos y tics
muy manidos. Vanessa Kirby (candidata a la estatuilla por “Fragmentos de una
mujer”), encarna a Josephine Bonaparte y cumple también con solvencia.
Para
concluir, una última mención al Cine Víctor, donde fui a ver la película. Abrieron
la taquilla a la misma hora marcada para el comienzo del pase, con lo que se
retrasó el inicio de la proyección e impusieron un precio superior al de la
entrada normal “debido a la excesiva duración de la cinta”, como si cuando
fuese más corta lo rebajasen. Desde luego, son los propios exhibidores que se
quejan del auge de las plataformas a las que los espectadores recurren desde
sus domicilios los que a veces no demuestran la profesionalidad necesaria para
honrar al Séptimo Arte.
martes, 5 de julio de 2022
CUARENTA ANIVERSARIO DEL ESTRENO DE "BLADE RUNNER"
Estos días se cumplen cuarenta
años del estreno de “Blade Runner”, cinta estadounidense de ciencia ficción
dirigida por Ridley Scott. Pese a su fría acogida cuando llegó a las salas de
proyección, está considerada actualmente una película de culto y una de las
obras más emblemáticas del Séptimo Arte.
Optó al Oscar a los efectos
visuales y a la dirección artística. En la ceremonia de los Globos de Oro fue
Vangelis -compositor de su banda sonora- quien obtuvo una nominación por su
excelente trabajo. Con el tiempo, el film se ha visto encumbrado a la categoría
de título imprescindible, figurando en el listado del American Film Intitute
entre los diez mejores largometrajes de la Historia del cine dentro del género
de la “ciencia ficción”.
Su guión se basa en la
novela de Philip K. Dick “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?”,
publicada en el año 1968, y fue escrito por Hampton Fancher y David Webb
Peoples. El reparto se encuentra formado por los actores Harrison Ford, Rutger Hauer,
Sean Young, Edward James Olmos, M. Emmet Walsh, Daryl Hannah, William Sanderson,
Brion James, Joe Turkel y Joanna Cassidy.
El relato describe un futuro
en el que, mediante la ingeniería genética, se fabrican humanos artificiales a
los que se denomina «replicantes», que se hallan empleados en trabajos peligrosos y
como esclavos en las «colonias exteriores» terrestres. Dichos replicantes son
fabricados por Tyrell Corporation con la intención de que resulten «más humanos
que los humanos», especialmente los modelos «Nexus-6». Se asemejan físicamente
a aquellos, aunque poseen una mayor agilidad y fuerza física. Sin embargo,
carecen de empatía y de similar respuesta emocional.
Acaban siendo declarados ilegales en la
Tierra tras un sangriento motín ocurrido en Marte, donde trabajaban sometidos a
la esclavitud. Un cuerpo especial de la Policía, denominado “Blade Runners”,
deberá encargarse de identificar, rastrear y matar («retirar», en el
vocabulario interno) a los fugitivos que todavía se encuentran en nuestro
planeta.
viernes, 3 de diciembre de 2021
LA CASA GUCCI (House of Gucci)
Cuando
una película me gusta mucho, la reviso de forma constante a lo largo del tiempo.
Pero para que eso ocurra, además de una corrección formal y artística, tiene
que existir alguna conexión entre el largometraje y yo. A menudo, y sin
posibilidad de explicar el motivo, se produce ese enlace mágico entre obra y
espectador, agrandando así el disfrute del visionado y elevando la categoría
del propio filme. Por el contrario, aunque a veces la propuesta sea impecable,
la ambientación resulte exquisita y las interpretaciones gocen de un nivel considerable, asisto a la proyección con
frialdad y distancia. En esas ocasiones reconozco los méritos y valoro el
esfuerzo, pero no se convierten en títulos que me acompañen de por vida, con
las repeticiones y reincidencias propias de mis producciones cinematográficas
favoritas.
“La
Casa Gucci” presenta una dirección artística muy atrayente, excelentes
actuaciones y una narración bien llevada. Por lo tanto, reúne logros evidentes.
Consigue embriagar con su atmósfera de lujo, la sucesión de traiciones
familiares y un reparto rebosante de estrellas. Sin embargo, el argumento me
generó cierto desapego. Quizá se deba a que no me interese demasiado el mundo
de la moda, con sus marcas y diseñadores, pero lo cierto es que el metraje me
pareció largo y apenas logré conectar con la proyección. Pese a sus opciones
legítimas y evidentes de cosechar numerosas nominaciones en los próximos
certámenes, dudo que vuelva a verla en el futuro.
Con
motivo del reciente estreno de “El último duelo”, ensalcé sobradamente en mi
crítica la trayectoria de Ridley Scott como director. Dicha propuesta,
guionizada y producida por Ben Affleck y Matt Damon, no me gustó. De hecho, creo
que “La Casa Gucci” es mejor en bastantes aspectos, con unos personajes más
trabajados, una producción más coherente y unas interpretaciones más
acompasadas. Aun así, opino que el veteranísimo (y venerado por mí) cineasta
británico muestra ya varios signos de agotamiento pero, aunque sus obras van
perdiendo magnetismo y simbología, conserva todavía el rigor técnico y la
habilidad narrativa que le caracterizan.
Cuenta
la historia de Maurizio Gucci, nieto del fundador de ese famoso imperio, desde
su juventud hasta su asesinato en 1995 por encargo de su exmujer. El cúmulo de
amores y traiciones dentro de la propia familia, junto al afán de reinventar
una marca que parecía encasillada, se relatan durante dos horas y media a
través de una notable fotografía, una música efectiva y un acertado reflejo de
la ostentación.
Uno
de los atractivos más relevantes radica en el equipo artístico, formado por
estrellas consagradas y actores de inmenso talento, cuya lista de galardones multiplicaría
la extensión de este texto. No obstante, más allá de los destellos que provoca
el citado reparto, sus integrantes demuestran su valía, consolidan gracias a
sus trabajos el resultado final y, pese a las extravagancias de algunos de los
perfiles que aparecen en pantalla, todos resultan creíbles y dignos de aplauso.
En
cabeza figura Adam Driver quien, con dos nominaciones a la estatuilla de
Hollywood, ha demostrado su tremendo potencial y enorme capacidad de sugestión
en títulos como “Paterson”, “Historia de un matrimonio” o “The Report”. No cabe
imaginar opción más óptima para dar vida a Maurizio Gucci. Por su parte, la
cantante Lady Gaga, tras convencer con su brillante intervención en la enésima
versión de “Ha nacido una estrella”, despliega de nuevo una interpretación
potente y rigurosa. El gran Al Pacino, el solvente Jeremy Irons y el
camaleónico Jared Leto otrogan una cobertura excepcional a la pareja
protagonista. Sólo entre Oscars y Globos de Oro, suman entre los tres diez
premios y treinta y ocho nominaciones. Completan el elenco Jack Huston (“La
gran estafa americana”), Salma Hayek (“Frida”) o Camille Cottin (“Aliados”,
“Cuestión de sangre”).
viernes, 5 de noviembre de 2021
EL ÚLTIMO DUELO (The Last Duel)
Ambientada
en la Edad Media, presenta en las actuaciones y en los diálogos cierto tufillo
a modernidad que desentona. Su excesivo metraje, unido a la apuesta de contar
un mismo hecho desde tres perspectivas distintas, implica (salvo algún matiz
interesante) demasiadas redundancias innecesarias. El guion, algo errático y
descontrolado, se precipita en los primeros minutos, abarcando sucesos deslavazados
durante más de quince años para, posteriormente, desubicarse combinando rasgos
narrativos contemporáneos con una escenografía arcaica. Algo hay en el modo de
contar el relato que le resta credibilidad, centrando todas sus opciones en la
magnitud de la épica.
No
se puede evitar la comparación con “Gladiator” ni con “Rashōmon”, de Akira
Kurosawa. Con el primero, por tratarse del otro emblema histórico de Ridley
Scott, y con el segundo, por su similitud en el tema y la trama. Frente a ambos
casos, la actual versión, quizá más vanguardista de lo deseable, sale perdiendo.
El rigor del guion, el cuidado de los personajes y la coherencia narrativa de
aquellos impide salir victoriosa a esta nueva aventura del realizador. No
obstante, “El último duelo” también cuenta con notables aciertos. La
ambientación, la fotografía, el realismo de varias secuencias y la intensidad
de algunos planos merecen destacarse, si bien no optará a ocupar el podio en el
currículo de Scott.
Basada
libremente en hechos reales, traslada a imágenes el duelo entre Jean de
Carrouges y Jacques Le Gris, dos amigos que, con el paso de los años, se
convirtieron en enemigos por un motivo muy poderoso. En la Francia del siglo
XIV, Marguerite de Carrouges, esposa de Jean, acusa a Le Gris de haberla
violado, apelando entonces su marido ante el rey Carlos VI para que autorice un
duelo a muerte entre ambos hombres.
La
propuesta contiene potencia y épica a raudales, constituyendo sin duda el mayor
valor de la filmación. Sin embargo, su pulcritud técnica y su esmerado
detallismo acaban emborronados por diálogos un tanto fallidos e
interpretaciones bastante desacompasadas, en especial la llevada a cabo por Ben
Affleck. Su valía detrás de las cámaras está fuera de toda duda, tal y como
atestiguan sus credenciales en “Argo”, “The Town (Ciudad de ladrones)” o
“Adiós, pequeña, adiós”. Incluso cuando es capaz de controlar sus excesos
interpretativos ofrece actuaciones aceptables. Lástima que, por regla general,
resulten torpes y artificiales. Aquí da vida a un noble medieval con la misma
sistemática que emplearía para representar al macarra de un videoclip de
reggaetón. Su pelo teñido de rubio y su perilla recortada, su permanente copa
de vino en la mano (amanezca, atardezca o anochezca, es lo de menos), sus exhibiciones
sexuales y su extrema gestualidad perjudican la veracidad de su representado,
arruinando de paso el clímax creado por el resto de los actores.
Matt
Damon, más sobrio y efectivo, eleva el listón. Pero quien supera a todo el
elenco es Adam Driver, que demuestra una facilidad pasmosa para encandilar al
objetivo y trasladar su imponente presencia a la pantalla. Sin ser ni mucho
menos su actuación más brillante, sobresale sin discusión dentro del casting. Jodie
Comer, actriz a la que conocí en la tan interesante como extraña serie
televisiva “Killing Eve”, completa el trío protagonista, cumpliendo con su
misión.
En
mi opinión, pues, el punto débil de “El último duelo” reside en el guion,
escrito conjuntamente por Nicole Holofcener, Matt Damon y Ben Affleck. Ella
realizó una aceptable labor en “¿Podrás perdonarme algún día?” y ellos, aunque
obtuvieron un Oscar por el texto de “El indomable Will Hunting” (menuda
paradoja), es obvio que destacan más en otros ámbitos. Y es que el guion es una
cosa muy seria.





