La mayor sorpresa (agradable) cinematográfica de las producciones de 2025 ha sido una cinta brasileña que, no sólo ha destacado por su originalidad e intensidad, sino también por la acumulación de reconocimientos que ha obtenido. Es candidata en la categoría de los Oscar que ahora se denomina “mejor película internacional” (antes se conocía como “mejor película de habla no inglesa” y, previamente, “mejor película extranjera”) y ya ha ganado el Globo de Oro, el Critics Choice Award, el Independent Spirit Award y el National Board of Review. En los citados galardones de la Academia de Hollywood cuenta con tres nominaciones más -película, actor protagonista y casting- y en el pasado Festival de Cannes cosechó cuatro premios. Se trata, sin ninguna duda, de uno de los filmes del año.
Se
da la circunstancia de que en la pasada edición Brasil se alzó con la preciada
estatuilla dorada por el largometraje “Aún estoy aquí”, con lo que supondría
todo un logro (pocos países lo han alcanzado) que la cinematografía brasileña
triunfase de nuevo en tan famosa gala. En 2002 tuvo una presencia destacada con
“Ciudad de Dios” y en 1998 con “Estación central de Brasil”, pero nunca como
hasta ahora su protagonismo ha quedado tan patente.
Ciertamente
revitaliza el género del thriller, aportando una estética y un estilo narrativo
diferentes, pero manteniendo un nivel de intriga y de ritmo destacados.
Califico su visionado como una experiencia novedosa, diferente al tipo de
propuestas similares que llegan a nuestra cartelera. Reconozco que, mientras
veía algunas de sus imágenes, recordé “Ciudad de Dios”, no porque la trama sea
parecida, sino porque en ambos casos existe una cierta sinergia entre el
desorden y el caos de las realidades que plasman con el propio estilo de estos
títulos. Con independencia de los valores históricos que contiene y de su
aporte a la conciencia colectiva de la actualidad, desde un punto de vista estrictamente
artístico constituye una obra valiente, original e intensa.
En
el Brasil de la década de los setenta, la represión de la dictadura militar se
impone a la ciudadanía. Marcelo, un hombre con un pasado turbulento, decide
cambiar de aires y comenzar desde cero. Con ese ánimo, llega a una localidad
distinta, decidido a reencontrarse con su hijo. Pero su intento de redención se
ve amenazado cuando descubre que se encuentra vigilado por las fuerzas del
régimen.
Perseguido
y con su vida en peligro, Marcelo deberá enfrentarse a viejas culpas y tomar
decisiones difíciles, mientras las amenazas se ciernen sobre él. En “Magnolia”,
de Paul Thomas Anderson (en estado de gracia merced a su último trabajo “Una
batalla tras otra”) se escucha la siguiente frase: “We might be through with
the past, but the past ain't through with us” (“Nosotros podemos pensar que
hemos terminado con el pasado, pero el pasado no ha terminado con nosotros”).
Justamente esa reflexión afecta de lleno al personaje.
Tal
vez el inconveniente más resaltable estribe en la excesiva duración del
metraje. Recortando algunos minutos, el resultado final hubiera quedado más
redondo. Se incluyen, asimismo, determinadas escenas de difícil encaje en el
contexto global del relato. En cualquier caso, cabe considerarlas cuestiones
menores respecto al desempeño de su director, Kleber Mendonça Filho.
Encabeza
el reparto Wagner Moura, reciente ganador del Globo de Oro al mejor actor en
una película dramática. Compone una excelente interpretación. Más allá de su
popularidad a raíz de la serie de televisión “Narcos”, ha participado para la
pantalla grande en “Civil War”, “Sergio” y “La Red Avispa” (en las dos últimas,
junto a Ana de Armas). En “El agente secreto” lleva a cabo su actuación más
relevante. Le acompañan Alice Carvalho, Gabriel Leone y Udo Kier.