Por
lo general, cuando escucho o leo noticias sobre directores de cine que pretenden
revisionar clásicos de la Literatura o readaptar películas antiguas, la primera
sensación que me invade es el recelo. La tendencia a modernizar las tramas y a
revestir con modas y gustos actuales ideas reflejadas para épocas pasadas, se
traduce en que lo que veo me rechine. “Cumbres borrascosas” se alza como una
novela emblemática que ha trascendido a su época. Sus numerosas versiones para
el Séptimo Arte han corrido a cargo de realizadores como William Wyler o Peter
Kosminsky, y de estrellas como Ralph Fiennes, Laurence Olivier, Timothy Dalton,
Juliette Binoche o Merle Oberon, quienes han dado vida a los atormentados Cathy
y Heathcliff.
Promocionada
desde hace meses y estrenada coincidiendo con la celebración de San Valentín,
llega a las carteleras el último proyecto basado en esta arrebatada historia. A
poco que se disponga de un mínimo de profesionalidad técnica, siempre se
extraerá algún resultado positivo del magnífico libro de Emily Brontë. Y, a
poco también que se cuide la ambientación y se perfilen con acierto las
interpretaciones, el conjunto podrá considerarse aceptable. A partir de ahí,
los gustos del espectador marcarán su opinión definitiva. Hay quien prefiere
que se incorporen al guion aspectos más propios de este tiempo, y hay quien se
decanta por que sea fiel al original. Hay quien se deslumbra ante el colorido y
la presentación visual vanguardista y llamativa, y hay quien prefiere encontrar
lo que imaginó al leer el texto.
Semejante
diferencia de criterios determinará que la cinta guste, disguste o provoque
indiferencia, si bien parece indudable que se ha promocionado igual que las
ventas de perfumes, subrayando la belleza de la pareja protagonista e inundando
de colores chillones unos decorados vanguardistas que no encajan en absoluto
con el relato en origen. A modo de ejemplo, en una de las secuencias finales
del filme se plasma un baño de sangre sobre la cama y un mar de sanguijuelas
por las paredes que bien podría haber pintado Salvador Dalí, pero que en
absoluto corresponde a una ambientación de la campiña inglesa de hace siglos. Algo
similar ocurre con un discutible uso de las canciones como parte del subrayado
narrativo que usa la cinta.
A
mi juicio Emerald Fennell, ganadora del Oscar al mejor guion original por “Una joven
prometedora” y responsable de aquella rareza titulada “Saltburn”, no se ha
acercado a la narración de Brontë con el debido respeto a la creación ajena. La
ha maquillado y actualizado hasta unos niveles que han desnaturalizado el
trabajo de la novelista británica. Me consta que no cabe a estas alturas hablar
de derechos de autor tal y como se entienden a día de hoy. Incluso resulta
defendible el derecho de los cineastas a modificar a su libre albedrío las
propuestas de otros artistas. Aun así, yo soy de los que considera que, cuando ni
las tramas ni los personajes te pertenecen plenamente, no es legítimo usarlos a
tu antojo prescindiendo de su esencia. Sirva como muestra el caso de la hermana
de Emily, Charlotte, cuya inolvidable “Jane Eyre” (2011) llevó a la gran
pantalla con acercamiento respetuoso y de manera notable Cary Joji Fukunaga.
Sea
como fuere, el gran éxito de taquilla no admite discusión, ya que la cuidada
campaña de publicidad, el tirón de los actores y su visión más fresca calarán
entre un público mayoritario.
Margot
Robbie, actriz que ha mostrado sobradamente su valía en largometrajes como “Yo,
Tonya” o “María, reina de Escocia”, encarna a Catherine Earnshaw. Su impactante
belleza y su aguda visión comercial la han situado a ambos lados de la cámara,
encargándose asimismo de la producción. En las dos facetas, habida cuenta del
tono y el estilo pretendidos, cumple con solvencia. Jacob Elordi, candidato a
la estatuilla de Hollywood en la categoría de mejor actor secundario por su
papel de “Frankenstein”, le da la réplica, formando un tándem de anuncio.