La
película “El diablo viste de Prada” se estrenó hace ya veinte años, cosechando
un gran triunfo. Más allá de sus dos nominaciones al Oscar, cinco a los BAFTA y
tres a los Globos de Oro (en este caso, Meryl Streep se alzó con el galardón a
mejor actriz de comedia o musical -uno de sus ocho Globos-), recaudó más de
trescientos millones de dólares a nivel mundial, lo que, para un presupuesto de
apenas treinta y cinco, supuso una rentabilidad muy lucrativa. Además,
ciertamente se trataba de una comedia con chispa, bien interpretada y de
agradable visión, a cargo de algunos momentos destacados y de varios diálogos
contundentes. Se sigue proyectando con frecuencia en las plataformas y en la
pequeña pantalla, manteniendo todavía su gancho para entretener y convencer.
Ahora,
dos décadas después, se estrena una segunda parte que ni estaba prevista ni era
necesaria. La historia había terminado como debía, de manera correcta. Pero a
la industria de Hollywood le encantan las segundas, las terceras y hasta las
infinitas entregas, en su empeño por alargar los éxitos como forma de entender
el Séptimo Arte. Ahora, con una inversión cercana a los cien millones, vuelven
a reunirse sus estrellas para revisar el universo de las revistas de moda y su
evolución en los tiempos recientes.
Si
bien no sucumbe ante la desidia y la mediocridad habituales de las
continuaciones, la cinta pierde frescura, originalidad y, sobre todo, capacidad
para sorprender. Los personajes conservan parcialmente su tirón de conexión con
el público, pero, en general, la propuesta descansa mayoritariamente sobre el
recuerdo de su antecesora, más que sobre sus propias aportaciones.
Parafraseando al universo que le sirve como base, transita de la alta costura
al prêt-à-porter, salvando las distancias. Aun así, cumple con creces como mero
entretenimiento.
Miranda
Priestly, leyenda de la moda y directora de la emblemática publicación Runway,
se enfrenta de nuevo a Emily Charlton, su ex empleada y asistente, convertida
ahora en poderosa ejecutiva de una empresa rival. La realidad ha cambiado y los
medios de comunicación escritos se hallan en crisis, perdiendo terreno frente
al incontrolable sistema digital. Ambas mujeres entablan una intensa batalla
por los ingresos publicitarios, mientras Priestly, que ve más cercana la
jubilación, se empeña en salvaguardar su legado intacto.
Meryl
Streep permanece en la brecha. Su filmografía y su carrera profesional resultan
tan brillantes que no cabe resumirlas en las escasas líneas de esta crítica. A
mi juicio, se alza como la actriz por antonomasia, seguramente la más grande en
activo. Nos ha regalado actuaciones tan magistrales que sólo procede
dispensarle respeto y admiración profundos. También Anne Hathaway puede
presumir de contar con una estatuilla dorada gracias a su participación en “Los
miserables”, de integrar repartos de títulos tan legendarios como “Interstellar”
y de llevar a cabo notables interpretaciones como la de “La boda de Rachel”. Juntas
forman un tándem que sustenta el relato en un alto porcentaje.
Les
acompañan de nuevo Emily Blunt y Stanley Tucci. Una y otro apuntalan los
aspectos cómicos y dan pequeños empujones que consolidan el listón global del
proyecto. Como incorporaciones novedosas figuran Kenneth Branagh (“Hamlet”,
“Henry V”), Lucy Liu (“Chicago”, “Kill Bill, volumen 1”) o Lady Gaga (“La casa
Gucci”, “Ha nacido una estrella”).
Confío
en que esta iniciativa no se perpetúe, porque resultaría tristísimo asistir a
su tercera parte, con el riesgo de derivar en la enésima saga que añadiera
dígitos detrás del título. Sus elevados ingresos no deberían representar una
llamada a estirar más el chicle. Determinados filmes, por su esencia y naturaleza,
empiezan y acaban en sí mismos. Por lo tanto, se impone apostar por otras
narraciones y no empecinarse en revivir la que ya terminó.