viernes, 10 de julio de 2026
LA MUERTE DE ROBIN HOOD (The Death of Robin Hood)
viernes, 27 de junio de 2025
28 AÑOS DESPUÉS (28 Years Later)
Las
películas sobre muertos vivientes (oxímoron en toda regla) suelen integrar un
subgénero cinematográfico bastante cutre y simple. No obstante, el número de
producciones sobre dichos seres resulta sorprendentemente elevado y cabe
reconocer que, en su mayor parte, se encuadran en el terror más basto y
hortera. Sin embargo, existen algunas dignas excepciones. Desde la clásica “La
noche de los muertos vivientes”, dirigida por George A. Romero en 1968, hasta
la reciente “Guerra mundial Z”, de Marc Foster (2013), se hallan varias
sorpresas e, incluso, un par de joyas que merecen salvarse de la quema. Se
puede discutir qué se entiende por “zombie” para seleccionar los largometrajes
con una valoración superior. Drácula encarna, sin duda, al “no muerto” más
famoso, si bien sus adaptaciones no suelen incluirse en este catálogo. ¿Cabe calificarse
”La invasión de los ladrones de cuerpos” como una cinta de zombies? No es
posible preguntárselo ya a Don Siegel, pero no faltan opiniones para todos los
gustos. Entre las obras que se alzan
como propuestas sugerentes acerca de tan macabros relatos figura la, por el
momento, trilogía de Danny Boyle, compuesta por “28 días después” (2002), “28
semanas después” (2007) –bajo la dirección del cineasta tinerfeño Juan Carlos
Fresnadillo- y ahora, “28 años después” (2025). Recuerdo mi primer visionado de
“28 días después”. Pese a la tendencia a la repetición, propia de este tipo de
filmes, la encontré original, ágil, inquietante, violenta y correctamente
narrada. Cierto es que se precisa de un mínimo interés por el género ya que, de
lo contrario, podría tornarse en una tortura. Pero, cumplido ese requisito, la
historia y el notable grado de entretenimiento basado en la angustia me
impactaron. Circunstancia similar me
sucedió con la segunda entrega. Ahora se cierra la saga (aunque nunca se debe
descartar que en el futuro se baraje un cuarto título) manteniendo el brío y la
energía.
Danny
Boyle me resulta un realizador interesante. Saltó a la fama en 1996 con
“Trainspotting” y a partir de entonces ha ideado proyectos de lo más variopintos.
Poco tienen que ver “Millones” (2004) con “127 horas” (2010) o “Sunshine”
(2007) con “Slumdog Millionaire” (2008). Sea como fuere, se trata de un
profesional con destreza para la narrativa visual y tacto para la dirección
actoral. Y, pese a que no toda su filmografía me apasione, le reconozco un
estilo particular a la hora de abordar sus trabajos y de manejar la cámara con
habilidad.
La
principal virtud de “28 años después” radica en su capacidad para alargar la
esencia de sus predecesoras, evitando la sensación de agotamiento. Mantiene
idéntico nivel de angustia y de potencia. Al parecer, se ha rodado por medio de
iPhones 15 Pro Max, evidenciando así hasta qué punto y con qué velocidad
evoluciona la tecnología.
Han
transcurrido ya tres décadas desde que el virus de la rabia escapó de un laboratorio
de armas biológicas y la ciudadanía sigue aún sometida a una estricta
cuarentena. Un grupo de supervivientes vive en una pequeña isla, conectada al
continente por una única carretera fuertemente custodiada. Cuando uno de sus
miembros decide abandonar ese enclave y aventurarse en el oscuro y peligroso
territorio continental, descubrirá una serie de secretos, maravillas y
horrores, no sólo relacionados con los infectados, sino también con otros
sobrevivientes transformados por los efectos de la enfermedad.
Dentro
del elenco, un siempre magnético Ralph Fiennes (“El paciente inglés”, “El
jardinero fiel” “La lista de Schindler”) acompaña a Jodie Comer (“El último
duelo” “Killing Eve”) y a Aaron Taylor-Johnson (“Animales nocturnos”, “Kick
Ass”, “Nosferatu”).
viernes, 5 de noviembre de 2021
EL ÚLTIMO DUELO (The Last Duel)
Ambientada
en la Edad Media, presenta en las actuaciones y en los diálogos cierto tufillo
a modernidad que desentona. Su excesivo metraje, unido a la apuesta de contar
un mismo hecho desde tres perspectivas distintas, implica (salvo algún matiz
interesante) demasiadas redundancias innecesarias. El guion, algo errático y
descontrolado, se precipita en los primeros minutos, abarcando sucesos deslavazados
durante más de quince años para, posteriormente, desubicarse combinando rasgos
narrativos contemporáneos con una escenografía arcaica. Algo hay en el modo de
contar el relato que le resta credibilidad, centrando todas sus opciones en la
magnitud de la épica.
No
se puede evitar la comparación con “Gladiator” ni con “Rashōmon”, de Akira
Kurosawa. Con el primero, por tratarse del otro emblema histórico de Ridley
Scott, y con el segundo, por su similitud en el tema y la trama. Frente a ambos
casos, la actual versión, quizá más vanguardista de lo deseable, sale perdiendo.
El rigor del guion, el cuidado de los personajes y la coherencia narrativa de
aquellos impide salir victoriosa a esta nueva aventura del realizador. No
obstante, “El último duelo” también cuenta con notables aciertos. La
ambientación, la fotografía, el realismo de varias secuencias y la intensidad
de algunos planos merecen destacarse, si bien no optará a ocupar el podio en el
currículo de Scott.
Basada
libremente en hechos reales, traslada a imágenes el duelo entre Jean de
Carrouges y Jacques Le Gris, dos amigos que, con el paso de los años, se
convirtieron en enemigos por un motivo muy poderoso. En la Francia del siglo
XIV, Marguerite de Carrouges, esposa de Jean, acusa a Le Gris de haberla
violado, apelando entonces su marido ante el rey Carlos VI para que autorice un
duelo a muerte entre ambos hombres.
La
propuesta contiene potencia y épica a raudales, constituyendo sin duda el mayor
valor de la filmación. Sin embargo, su pulcritud técnica y su esmerado
detallismo acaban emborronados por diálogos un tanto fallidos e
interpretaciones bastante desacompasadas, en especial la llevada a cabo por Ben
Affleck. Su valía detrás de las cámaras está fuera de toda duda, tal y como
atestiguan sus credenciales en “Argo”, “The Town (Ciudad de ladrones)” o
“Adiós, pequeña, adiós”. Incluso cuando es capaz de controlar sus excesos
interpretativos ofrece actuaciones aceptables. Lástima que, por regla general,
resulten torpes y artificiales. Aquí da vida a un noble medieval con la misma
sistemática que emplearía para representar al macarra de un videoclip de
reggaetón. Su pelo teñido de rubio y su perilla recortada, su permanente copa
de vino en la mano (amanezca, atardezca o anochezca, es lo de menos), sus exhibiciones
sexuales y su extrema gestualidad perjudican la veracidad de su representado,
arruinando de paso el clímax creado por el resto de los actores.
Matt
Damon, más sobrio y efectivo, eleva el listón. Pero quien supera a todo el
elenco es Adam Driver, que demuestra una facilidad pasmosa para encandilar al
objetivo y trasladar su imponente presencia a la pantalla. Sin ser ni mucho
menos su actuación más brillante, sobresale sin discusión dentro del casting. Jodie
Comer, actriz a la que conocí en la tan interesante como extraña serie
televisiva “Killing Eve”, completa el trío protagonista, cumpliendo con su
misión.
En
mi opinión, pues, el punto débil de “El último duelo” reside en el guion,
escrito conjuntamente por Nicole Holofcener, Matt Damon y Ben Affleck. Ella
realizó una aceptable labor en “¿Podrás perdonarme algún día?” y ellos, aunque
obtuvieron un Oscar por el texto de “El indomable Will Hunting” (menuda
paradoja), es obvio que destacan más en otros ámbitos. Y es que el guion es una
cosa muy seria.

