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viernes, 30 de enero de 2026

HAMNET



“Hamnet” es, sin duda, uno de los largometrajes del año. Globo de Oro a la mejor película dramática y a la mejor actriz protagonista, acaba de alzarse con ocho nominaciones a los Oscars de Hollywood, entre ellas, las de película, dirección, actriz protagonista y guion adaptado. He de reconocer mis reticencias iniciales, ya que soy uno de los pocos espectadores a quien no gustó “Nomadland”, premiada también de forma reiterada. Su directora, Chloé Zhao, si bien me llamó la atención con “The Rider” (2017), me aburrió bastante con su propuesta sobre los nómadas americanos en los tiempos modernos. Así que me temía una circunstancia similar con la adaptación de la célebre novela de la escritora británica Maggie O'Farrell, que ya leí en su momento. Sin embargo, confieso que, a mi juicio, la cineasta china ha rodado ahora su trabajo más destacado.

Mantiene un estilo pausado y hasta meramente contemplativo que, en ocasiones, termina por aletargar. En compensación, su sensibilidad ante el dolor y su belleza visual colman de sobra esa tendencia a la languidez narrativa tan propia de Zhao. Gracias a una magnífica dirección de actores y a una cuidada ambientación, las dos horas de proyección (con alguna excepción perdonable) presentan una amalgama de sensaciones no siempre fáciles de digerir, pero sí muy interesantes de ver. Hermosa y dura al mismo tiempo, consigue trasladar con acierto a imágenes uno de los libros más relevantes de esta década.

La trama se centra en la figura de Agnes, la esposa de William Shakespeare, marcada por la pena tras la muerte de su hijo Hamnet. Ella lucha por sobrellevar la pérdida mientras protege a su familia y busca sentido en medio del duelo. Simultáneamente, este trágico acontecimiento se convierte en el telón de fondo para la creación de Hamlet, uno de los títulos más emblemáticos del autor.

Con Steven Spielberg y Sam Mendes a cargo de la producción, la historia trasciende y conmueve desde la congoja, con una acusada ambición por recrear la belleza de la vida más allá de sus oscuridades. Golpea y acaricia a la par, y casi de manera idéntica. Constituye, en ese sentido, una original propuesta sobre lo que puede suponer una existencia normal y cotidiana, por mucho que se refiera a uno de los mayores genios de la literatura universal.

Jessie Buckley interpreta a Agnes de modo excelente. En la próxima edición de los premios de la Academia de Hollywood va a resultar complicadísimo elegir a la ganadora de esta categoría. Tanto Rose Byrne en “Si pudiera, te daría una patada”, como Renate Reinsve en “Valor sentimental”, completan una terna donde decantarse por una de ellas requiere de un enorme esfuerzo. Buckley ya optó al preciado galardón en 2022 como actriz de reparto por “La hija oscura” y ha participado en “Rompiendo las reglas”, “El espía inglés” o “Judy”.

En esta ocasión le da la réplica Paul Mescal, candidato asimismo en 2023 por su actuación principal en “Aftersun”. Aquí lleva a cabo una labor notable, aunque tal vez un peldaño por debajo de la de su compañera de reparto. Curiosamente, ambos habían coincidido en la citada “La hija oscura” y él ha intervenido recientemente en la prescindible “Gladiator II”.

Completa el elenco Emily Watson, en su día optante al Oscar por “Rompiendo las olas” y “Hilary y Jackie”, y recordada por las célebres “The Boxer”, “Gosford Park” o “War Horse”. Entre los secundarios sobresalen Joe Alwyn (“La favorita”, “The Brutalist”), David Wilmot (“Anna Karenina”, “El irlandés” de John Michael McDonagh) y Dainton Anderson, el niño que encarnó al mismísimo Cary Grant en su época infantil en la serie “Archie”.

Pase lo que pase en la mágica noche del 16 de marzo, cuando se abran los sobres en la ceremonia de entrega, “Hamnet” competirá con dignidad y rigor para obtener unos galardones que, por muy discutidos y discutibles, representan el mayor referente cinematográfico a nivel mundial.




viernes, 22 de noviembre de 2024

GLADIATOR II



Cuando, hace ya bastante tiempo, me enteré de que se pretendía rodar una segunda parte de “Gladiator”, mi intuición me llevó a pensar de inmediato que se trataba de una mala idea. Existen largometrajes que, debido a su elevado nivel, así como al desarrollo y desenlace de sus historias, deberían darse por completos y zanjados. Ese deseo de alargar sus tramas o de dar inicio a una saga, resulta más propio de ávidos productores sedientos de mayores éxitos que de la necesidad de extender unos argumentos claramente concluidos. “Gladiator” es una gran cinta que ganó cinco Oscars (entre ellos, los de mejor película y actor protagonista) y fue elegida la mejor del año, tanto en la ceremonia de entrega de los BAFTA como en la de los Globos de Oro. Yo la he visto en numerosas ocasiones y, lejos de saturarme con cada nuevo visionado, le encuentro un interés cada vez superior.
Mejorar o, siquiera, mantener el listón, entrañaba pues una notable complejidad. Pero, con independencia de lograr rebasar a su predecesora, “Gladiator 2” desprende un claro tufillo a prolongación artificial. Creo que, conscientes de ello, los responsables del proyecto han apostado por la grandilocuencia como forma de superación, lo cual no siempre funciona. Peleas más sangrientas, animales más inmensos y pseudomitológicos (en algunos casos, incluso increíbles, en el sentido literal del término) y decorados más pomposos, pero sin poder desprenderse de dos hándicaps que actúan como lastre continuo durante las casi dos horas y media de proyección: la fatalidad de la inevitable comparación con el título estrenado en el año 2000 y la falta del carisma y magnetismo del personaje de Maximus Decimus Meridius, cuyo recuerdo planea en todo momento. 
Al margen de lo expuesto, y a consecuencia de ese intento del “más difícil todavía”, se traspasa la línea que separa la brillantez del esperpento. No sé a quién se le ocurrió la idea de un Coliseo romano acuático con tiburones, pero sospecho que se debió fumar algo en mal estado. Tan es así que no se sabe si el mensaje transmitido corresponde a una parodia o a una secuela. En definitiva, se confirma el hecho de que sólo se aspira a repetir el antiguo éxito, pretensión hueca ante la escasez de enjundia en los personajes y en el guión. 
Vaya por delante mi plena admiración por Ridley Scott, a mi juicio uno de los realizadores imprescindibles de la Historia del cine, autor de no pocos trabajos que me encantan y que revisiono a menudo. Sin embargo, en esta ocasión, el Scott productor y el Scott realizador no se han entendido. 
La acción se sitúa años después de la muerte del gladiador encarnado por Russell Crowe. Lucio, interpretado entonces por el niño Spencer Treat Clark y ahora por Paul Mescal (Aftersun), ha crecido y se ve forzado a entrar en el Coliseo tras ser testigo de la conquista de su hogar por parte de los tiránicos emperadores que dirigen Roma con puño de hierro. Repleto de furia y con el futuro del Imperio en juego, deberá rememorar su pasado en busca de la fuerza y el honor que devuelvan al pueblo la gloria perdida de Roma.
Ni que decir tiene que los logrados aspectos técnicos y visuales sobresalen y que algunas escenas reflejan una intensidad notable, pero el regusto final conduce a la sensación de haber presenciado un videojuego más que una película. 
Repiten en el reparto Connie Nielsen (Hippolyta en las sagas “Wonder Woman” y “La Liga de la Justicia”, “Basic”, “Retratos de una obsesión”) y Derek Jacobi (veteranísimo actor de variada filmografía -“Enrique V”, “Gosford Park”…-,  que destacó principalmente en la magnífica serie televisiva “Yo, Claudio”). Como novedad, figura  Denzel Washington, cuya excelente trayectoria profesional no necesita presentación, y que se esfuerza enormemente por impulsar esta propuesta, hasta el punto de ser lo mejor de ella. Les acompañan Pedro Pascal (“The Mandalorian”, “Juego de tronos”) y Joseph Quinn (“Un lugar tranquilo: Día 1”).