Hace
ya tres años escribí sobre “Scream 6”. Ahora, al llegar a las salas de
proyección la séptima parte de la saga, no puedo sino repetirme y no reprimirme.
En definitiva, me limito a emular lo que hacen sus productores y el realizador
de la cinta, unos reincidentes que insisten en estirar un chicle que desde hace
tiempo no da más de sí.
Fue
en 1996, tres décadas atrás, cuando se estrenó “Scream”, cuyo título en España
se alargó hasta convertirse en “Scream. Vigila quién llama”. Se trataba de una
cinta calificada de terror aunque, en realidad, parecía más pensada como mero
entretenimiento juvenil. Su realizador, Wes Craven, se había ganado por aquel
entonces un nombre dentro de tan particular género, con cintas como “Las
colinas tienen ojos” (1977), “Pesadilla en Elm Street” (1984) o “Shocker,
100.000 voltios de terror” (1989). “Scream” obtuvo cierto éxito en cuanto a su
elevada recaudación (más de ciento setenta millones de dólares con un
presupuesto de apenas quince) y popularizó una colección de disfraces para
“Halloween” y Carnaval. Ello derivó en la creación de un serial que alcanzó su cuarta
entrega siempre bajo la dirección de Craven, además de algunos experimentos
televisivos. Aun así, parecía un proyecto completamente amortizado.
Sin
embargo, ante la crisis de ideas y la falta de asunción de riesgos que padece la
industria cinematográfica norteamericana, la salida escogida consiste en echar
la vista atrás y repescar para la taquilla referentes anteriores. A veces se
lleva a cabo colocando al producto un barniz de nostalgia. Y, a veces, envolviéndolo
en una pretendida adaptación a la época actual. El hecho cierto es que las
productoras prefieren volver a rodar sobre lo filmado que apostar por propuestas
novedosas e historias originales.
Esta
mera reiteración de fórmulas y situaciones termina por provocar más hastío que
interés. Quizá quien no haya visionado las anteriores narraciones halle un
mínimo de innovación, pero los que conocimos los títulos de antaño asistimos
con distancia y desinterés a unos tensiones y tramas que no transmiten
sensación alguna. Detrás de la cámara, Kevin Williamson aterriza en la sala
“Scream” al séptimo intento. Previamente, tan sólo había filmado en 1999 “Secuestrando
a la Srta. Tingle”, otra muestra de terror desenfadado protagonizada por Helen
Mirren y Katie Holmes. Sí participó, no obstante, como guionista y productor de
dichos largometrajes e, incluso, de la serie de televisión del mismo nombre. Por
lo tanto, su responsabilidad global en esta innecesaria ampliación de una
historia carente de ideas queda fuera de toda duda.
Dicho
esto, mientras tales inversiones resulten rentables, por más que sean dúplicas
de otras y persistan en aciertos y errores, continuarán abordándose. “Scream 6”
obtuvo cerca de ciento sesenta millones de dólares a nivel mundial. Teniendo en
cuenta que su coste no superó los treinta y cinco, a la productora le salen los
números, incluso añadiendo los gastos de publicidad y marketing. Aquí radica la
única razón de la existencia de “Scream 7” que, si se comporta de igual manera
desde el punto de vista económico, precederá a una octava, aunque
cinematográficamente no aporte nada de nada.
Se mantienen desde el principio Courteney Cox, célebre por la serie “Friends”, y Neve Campbell (“Juegos salvajes”, “El rascacielos”). Los demás compañeros de reparto se incorporaron a partir de 2022: Mason Gooding (“Aftermath”), Jasmin Savoy Brown (“Dreams in Nightmares”) o la más conocida Mckenna Grace (“Un don excepcional”, “A pesar de ti”).