La
última película de Pedro Almodóvar es un puzle de muchas piezas que,
inicialmente, se me antojó deslucido y poco interesante. Sin embargo, reconozco
que, a medida que avanzaba la proyección y dichas piezas encajaban, terminó por
formar un todo más lustroso y, por momentos, incluso brillante. Se entremezclan
dos historias, una supuestamente real y otra supuestamente ficticia -la que
escribe su protagonista, cineasta y narrador, a modo de guion para su próximo
proyecto-. Y lo que plasma sobre el papel este alter ego de Almodóvar y, acto
seguido, recrea en la pantalla, domina el relato de la primera parte del
metraje durante más de una hora. Este inicio me pareció artificial, poco creíble
y de un dramatismo tan intenso como trucado. El realizador se empeña en dar fe
de sus señas de identidad en diversas escenas, tanto si proceden en el desarrollo
de la acción como si rechinan y lo distorsionan. Por ello, mis sensaciones me
llevaban a considerar que se trataba de otra propuesta fallida del manchego.
Pero,
a partir de entonces, el film remontó y la ficción dio el relevo a la realidad
como motor de la trama. Lo que me resultaba poco creíble se tornó en verosímil.
Lo artificial, en auténtico. Y el dramatismo trucado, en la antesala de un
clímax final apoteósico que da sentido a aquellos primeros minutos insulsos.
Cabe destacar una concreta secuencia en la que el personaje del cineasta
discute con sinceridad, elocuencia y acierto con una antigua asistente.
Mientras ella le recriminaba la endeblez de su guion y la mediocridad de su
trabajo más reciente, parecía que hablaba por mi boca sobre mi impresión del
largometraje hasta ese momento. Y fue entonces cuando reparé en que todo
encajaba y que esa especie de “auto ficción” supone, en realidad, una “auto
crítica” del propio Almodóvar hacia sí mismo, regalándome a partir de ese
instante su mejor cine desde “Hable con ella”.
El
protagonista constituye un calco del cineasta, si bien siempre quedará la duda
sobre el porcentaje de dramatización y de realismo empleados. En torno a él gira el sector “verdadero” de la
trama, en el que cuenta el desarrollo del argumento de su siguiente obra: ficción
dentro de la ficción. Se centra en Elsa, una publicista cuya madre fallece en
el largo puente que da comienzo al mes de diciembre. Encuentra refugio en su
actividad profesional, una suerte de huida hacia adelante. Trabaja sin parar y
no se concede el tiempo necesario para guardar el duelo por la ausencia de su
progenitora, hasta que una crisis de pánico le obliga a imponerse un descanso.
Su pareja, Bonifacio, se erige como tabla de salvación en esa etapa de crisis. Llegada
a este punto, decide viajar a la isla de Lanzarote junto a varias amigas
necesitadas, asimismo, de consuelo.
Gracias
a esa remontada final, “Amarga Navidad” me dejó un buen sabor de boca. En el
desenlace de la cinta me reencuentro con el cine de Almodóvar que a mí me gusta
y que evidencia esa regla no escrita de que la calidad de una obra es
directamente proporcional a su conexión con el artista. Aquí el autor ha sido
valiente y honesto. Y, francamente, se agradece.
En
consonancia con mi exposición anterior, observo una mayor excelencia en los
actores que intervienen en esa parte “real”: Leonardo Sbaraglia (ganador de un Goya
por “Intacto”, de Juan Carlos Fresnadillo y participante en “Dolor y gloria” o
“Relatos Salvajes”), Aitana Sánchez Gijón (Goya de Honor y vista en “El
maquinista” o “La camarera del Titanic”) o Quim Gutiérrez (“La niebla y la
doncella”, “Azuloscurocasinegro”).
En
la “ficción dentro de la ficción” figuran Bárbara Lennie (Goya por “Magical
Girl”), Milena Smit (“Madres paralelas”) o Patrick Criado (“Bajo cero”).