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viernes, 2 de enero de 2026

AVATAR: FUEGO Y CENIZA (Avatar: Fire and Ash)



James Cameron es director, productor, guionista e, incluso, editor de montaje y responsable de diversas facetas técnicas de sus películas, asociadas siempre a grandes producciones y éxitos de taquilla. Durante buena parte de los años ochenta y principios de los noventa, colaboró artísticamente con sus dos parejas de aquella época (Gale Anne Hurd y Kathryn Bigelow), formando unos tándems de los que, al parecer, todos salieron beneficiados desde el punto de vista profesional. Alcanzó la fama gracias a las dos primeras entregas de Terminator y cimentó su estatus a través de títulos como “Aliens: el regreso” y “Abyss”. En 1997 estrenó “Titanic”, que le proporcionó tres Oscars y una ingente recaudación económica. No fue hasta 2009 cuando retornó como realizador a la gran pantalla, iniciando entonces la saga de “Avatar”, cuya tercera aventura (“Avatar: Fuego y ceniza”) presenta ahora, anunciándose al menos dos propuestas más de cara al futuro.  

Personalmente, disfruté mucho durante la proyección de “Terminator 2”, ejemplo de excepción a esa regla de que “segundas partes nunca fueron buenas”.  Los trabajos iniciales de Cameron resultaron entretenidos, con numerosos avances técnicos y un destacado ritmo narrativo. Y, por mucho que reconozco esa realidad, afirmo igualmente que no me entusiasma el serial de “Avatar”, pese a que valore el mérito de sus efectos especiales, sonoros y visuales, y juzgue impecable su producción formal. En ese sentido, califico estos largometrajes de intachables. Sin embargo, atendiendo a los demás aspectos cinematográficos (la trama, los personajes, el guion...), algunas secciones se me atragantan. Su excesiva duración contribuye a ello: dos horas y cuarenta minutos, la primera; tres horas y doce minutos, la segunda; y tres horas y cuarto, la tercera. Prefiero no pensar hasta dónde llegarán “Avatar 4” y “Avatar 5”, ya en proceso de preproducción. En definitiva, no basta la excelencia de los aspectos técnicos para mantener la atención del espectador durante tanto tiempo.

En esta ocasión se introduce en el universo de “Avatar” al Pueblo de las Cenizas, un nuevo clan Na'vi con una visión más agresiva que el resto de pobladores. A diferencia de los grupos vistos anteriormente, estos Na'vi no dudan en recurrir a la violencia para conseguir sus fines, incluso si ello significa llegar al enfrentamiento. Ante esta nueva amenaza, Pandora se convierte en un territorio todavía más inestable, donde los conflictos internos ponen en peligro el equilibrio del planeta y obligan a replantearse la lucha por la supervivencia.

Más completa y compacta que su antecesora, esta tercera aproximación se relata mejor en varios puntos. No obstante, continúo pensando que la desproporción lastra el resultado final. Todo se torna demasiado largo, demasiado inmenso y demasiado grandilocuente, hasta la saturación. A mi juicio, y con independencia del metraje, se peca innecesariamente de reiteración de secuencias, fórmulas e ideas. Cabe, sin duda, comprender la visión comercial que la sustenta: “Avatar” recaudó mundialmente casi tres mil millones de dólares; “Avatar: El sentido del agua”, más de dos mil trescientos; “Avatar: Fuego y ceniza” va por quinientos en apenas una semana. Razones al margen, lo cierto es que gusta, recauda y supone un negocio incuestionable, pero, en mi opinión, el fenómeno engarza más con la cultura del videojuego que con la del Séptimo Arte, y la prolongación de la saga se vincula en mayor medida a aquella industria que a la transmisión de una historia mediante imágenes y planos.  

Integran el elenco los habituales Sam Worthington (“Sólo una noche”, “Furia de titanes”, “Terminator: Salvation”), Zoe Saldaña (“Guardianes de la galaxia”, “Star Trek”, “Emilia Pérez) o Sigourney Weaver (“Alien”, “Gorilas en la niebla”, “Armas de mujer”). Repite Kate Winslet, participante también en “Avatar: El sentido del agua” (“El lector”, “¡Olvídate de mí!”, “Iris”) y se incorpora Oona Chaplin (“Amigos de más”, “El viaje más largo”).




viernes, 23 de diciembre de 2022

AVATAR: EL SENTIDO DEL AGUA (Avatar: The Way of Water)



El cineasta James Cameron posee una innata capacidad para el éxito. Personalmente, considero su “Terminator 2: El juicio final” una joya del cine de acción. “Aliens. El regreso” fue, asimismo, digna sucesora de la emblemática cinta de Ridley Scott. En cuanto a “Abyss”, cuenta con unas dosis de entretenimiento más que aceptables. Y a “Titanic”, aunque no despierta en mí grandes pasiones, le reconozco tanto la pulcritud técnica como la habilidad narrativa. Hasta que llegó “Avatar” y, de nuevo, el director canadiense demostró sin discusión su destreza para jugar con las imágenes y apabullar visualmente. No obstante, su trama ya me interesó menos y comencé a observar la propuesta con distancia lo que, unido a un metraje extensísimo, menguó mis niveles de interés y diversión.

Sin embargo, Cameron quedó abducido por esta historia. Desconozco hasta qué punto tal abducción se debió al enorme triunfo de taquilla o sucedió a resultas de su voluntad creativa, pero el hecho cierto es que hipotecó una futura carrera al monopolizarla por el fenómeno “Avatar”, inventando una saga de cinco títulos. Ahora llega a las pantallas su segunda parte, “Avatar: El sentido del agua”, y se anuncian “Avatar 3” (Avatar: The Seed Bearer), “Avatar 4” (Avatar: The Tulkun Rider) y “Avatar 5” (Avatar: The Quest for Eywa). A mi juicio, se trata de un encasillamiento que le limita como artista pero que, sobre todo, representa lo que menos necesita el Séptimo Arte en la actualidad: otro serial eterno, interminable y reiterativo que nos acompañe durante décadas.

En cualquier caso, nos hallamos ante un creador hábil y experimentado. “Avatar: El sentido del agua” cuenta con numerosos méritos, la mayoría de tipo técnico, y evidencia un asombroso talento para abrumar en el aspecto visual, convirtiendo cada escena en un llamativo parque de atracciones a través de un ritmo frenético y unos mareantes movimientos de cámara. Constituye un espectáculo de luz y sonido como pocos y parece evidente que arrasará en la recaudación y que obtendrá los aplausos de millones de espectadores. Hasta ahí, nada que objetar.

Ahora bien, yo me atrevo a poner algunas objeciones. El realizador, en su afán por generar el más grande, más difícil y más desmesurado proyecto, ha empleado casi doscientos minutos de proyección, media hora más que la anterior entrega y, en mi opinión, le sobran minutos y le falta guion. El desenfreno de la montaña rusa en la que nos monta sirve durante un rato, pero no da para tanto. Dicho esto, todo parece indicar que formo parte de una minoría, puesto que el film opta a los Globos de Oro en las categorías de mejor película de drama y mejor dirección y, tanto la National Board of Review como el American Film Institute, la han incluido entre las diez mejores obras de año.

En los títulos de crédito aparece el actor Sam Worthington, quien ya intervino en el primer largometraje, además de en varias muestras de acción como “Terminator Salvation” o “Furia de titanes”. También integra el reparto Sigourney Weaver (nominada al Oscar por “Armas de mujer”, “Gorilas en la niebla” y la citada “Aliens”), Kate Winslet (ganadora de la estatuilla por “The Reader” y multicandidata por trabajos como “¡Olvídate de mí!”, “Sentido y sensibilidad” o la propia “Titanic”) y Zoe Saldana (“Guardianes de la galaxia”, “Star Trek” de J.J. Abrams). Obviamente, no cabe lucimiento interpretativo en una producción como esta, dado que los efectos especiales y la creación artificial de cuanto se refleja anula en buena medida la labor actoral de los participantes. Sinceramente, lamento que una figura de la talla de James Cameron se lleve dedicando en cuerpo y alma desde 2009 hasta 2028 (fecha prevista del estreno de “Avatar 5”) a este propósito. Hubiera sido preferible que se diversificara profesionalmente, teniendo en cuenta sus cualidades sobradamente demostradas.