Paolo Sorrentino es un director y guionista italiano con estilo propio. A día de hoy, probablemente sea el cineasta más relevante de Italia. Su cinta “La gran belleza” ganó el Oscar y el BAFTA a la mejor película de habla no inglesa y también ha cosechado premios en los Festivales de Cine de Cannes y Venecia. En su filmografía, además del ya citado, se hallan títulos como “La juventud” (2015), “Silvio (y los otros)” (2018) o, más recientemente, “Parthenope” (2024). Este napolitano ha dotado a sus trabajos de un sello muy característico, centrado sobre todo en las reflexiones sobre el paso del tiempo y la melancolía, con historias que mezclan delicadeza y profundidad con cierto toque de cinismo y descaro. Tal vez su mayor cualidad estribe en hablar de temas cotidianos y relevantes con una visión totalmente personal y una estética altamente cuidada. Desde el punto de vista visual resulta atrayente y, por lo que se refiere al aspecto narrativo, interesante. Con independencia de que algunos de sus filmes gusten más que otros, sus propuestas siempre se revisten de elegancia y se construyen sobre ideas firmes. En definitiva, disfrutar de sus obras equivale a adentrarse en un museo donde el visitante se va a sentir sin duda interpelado.
Ahora
presenta “La grazia” (estrenada con su título original), que obtuvo varios
galardones en la última Mostra veneciana, junto a dos nominaciones a los
Premios del Cine Europeo (actor y guion). Se trata de un largometraje político,
pero más optimista de lo que el panorama real depara a través de los líderes
mundiales y de esa denominada “geopolítica” que nos deprimen a diario en los
informativos. La narrativa continúa presidida por el refinamiento y por ese
particular sentido del humor que engancha. A ratos poética y a ratos intensa,
supone una oferta sumamente interesante.
Mariano
De Santis, presidente ficticio de la República italiana, es un veterano
político demócrata, humanista y católico que, de repente, comienza a dudar
sobre la adopción de determinadas decisiones, en especial sobre vetar o no una
ley de eutanasia que le genera un profundo dilema moral.
Pese
a sus casi dos horas y cuarto de duración, “La grazia” no se percibe como larga
y logra mantener un ritmo adecuado durante todo el metraje. Se experimenta con
claridad la exquisitez en los planos, la distinción en la puesta en escena, la
sensibilidad en los temas tratados y una pizca de sorna que inevitablemente
mueve a la reflexión. Se trata de una de las grandes obras de Sorrentino, al
punto de que, si mantiene esta línea, habrá que esperar con ansiedad su
siguiente trabajo. El nombre define a la perfección el estado del realizador,
de gracia, y perpetúa su habilidad para aderezar cada encuadre de cámara con
una imagen hermosa y, casi cada diálogo, con un detalle certero. No he visto “Father
Mother Sister Brother”, de Jim Jarmusch (ganadora del reciente León de Oro)
pero, si superó a la propuesta de Sorrentino, me afanaré por visionarla.
Sea
como fuere, y más allá de sus aciertos cinematográficos, “La grazia” constituye
una llamada de atención sobre la inmensa distancia que existe entre la
gobernanza y la realidad. Acostumbrado a la mezquindad, la mediocridad y el histrionismo
que reflejan la mayoría de los medios de comunicación, esta mirada me
reconforta y alecciona acerca de los problemas y las responsabilidades
asociados a la utilización y al ejercicio del poder.
Se
sitúa al frente del reparto el actor Toni Servillo, habitual en el cine de Paolo
Sorrentino (“Las consecuencias del amor”, “La gran belleza”, “Fue la mano de
Dios”, “Silvio (y los otros)”. Ha actuado igualmente en “Gomorra” o “Una vida
tranquila”. Desempeña aquí una labor solvente sobre la que se sostiene el
grueso de la acción.
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