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viernes, 15 de mayo de 2026

CRIATURAS LUMINOSAS (Remarkably Bright Creatures)



Se ha estrenado en la plataforma Netflix “Criaturas luminosas”, adaptación cinematográfica de la novela homónima y, desde el primer minuto, ya presagiaba que iba a tratarse de un melodrama tierno y bienintencionado. Dicho así, no debería sonar peyorativo en absoluto. Sin embargo, la línea que le acerca a la cursilería y al empalago queda tan próxima que casi la cruza en cada escena, dando lugar a un estilo que aletarga y, a ratos, aburre.  Todo resulta suave, liviano y benévolo, incluso cuando se pretende transmitir tristeza o amargura, provocando una sensación uniforme, ya sea en una secuencia romántica, entrañable, triste o melancólica.

Su directora, Olivia Newman, me agradó con su anterior largometraje, “La chica salvaje”, otra adaptación literaria con bastante más enjundia y contenido. En este nuevo trabajo se deja llevar por unos personajes previsibles y planos, pero, sobre todo, por una dinámica muy blanda en la forma y en el fondo que, aunque le permite avanzar en la trama, nunca logra que despegue realmente y que ofrezca nada interesante. 

Una viuda anciana entabla una insólita amistad con un pulpo gigante que vive en el acuario donde ella trabaja. Poco a poco, comienza también a relacionarse y a ayudar a un nuevo empleado, joven y desorientado. Sus vidas parecen atascadas, pero, contra todo pronóstico, será el animal el que termine convirtiéndose en el elemento que las cambiará para siempre.

Esta especie de versión octópoda de “Liberad a Willy” contiene todos los elementos del más tópico telefilme de sobremesa, apto para hacer la digestión entre cabezada y cabezada entre planos tiernos y sentimentales. Se digiere fácil, pero no deja una especial huella. Si le añadiéramos nieve, adornos y luces de colores, podría asimilarse perfectamente a uno de esos títulos navideños que inundan las televisiones en época invernal.

No cabe duda de que contará con su público, pero, en mi opinión, representa una propuesta excesivamente almidonada y de escaso ritmo.   Desde la música hasta la fotografía, pasando por los perfiles y los diálogos, la ternura rezuma de tal manera que no es creíble ni interesante.

Sin embargo, destaca el elenco de actores encabezado por Sally Field, veterana actriz de Hollywood ganadora de dos Oscars por sus actuaciones en “Norma Rae” y “En un lugar del corazón”. Ha participado asimismo en destacadas cintas como “Ausencia de malicia”, “Magnolias de acero”, “Forrest Gump” o “Lincoln”. Nominada once veces a los Globos de Oro y con dos de ellos en su haber, encarna a uno de los rostros más amables del cine de las cinco últimas décadas. Sostiene el peso de la acción y compone un papel absolutamente bondadoso.

Otras figuras afamadas y de experimentadas trayectorias son el todo terreno Colm Meaney (uno de los secundarios más prolíficos del Séptimo Arte, visto en “Dublineses”, “Dick Tracy”, “La jungla 2”, “The Commitments”, “Un horizonte muy lejano”, “El último mohicano”, “Alerta máxima” o “El inglés que subió una colina, pero bajó una montaña”) y Kathy Baker, poco conocida por su nombre, pero que ha intervenido en numerosos largometrajes como “Elegidos para la gloria”, “Eduardo Manostijeras”, “Jennifer 8”, “Las normas de la casa de la sidra”, “Cold Mountain” o “El secreto de Adeline”, entre otros.

Entre los más jóvenes se encuentran Lewis Pullman (“Top Gun: Maverick”, “Malos tiempos en El Royale”) y Sofia Black-D'Elia (“Ben-Hur”, versión de 2016).




viernes, 20 de marzo de 2026

EL TESTAMENTO DE ANN LEE (The Testament of Ann Lee)



Es un misterio lo que mueve a un artista, en este caso a una cineasta, a fijarse en un concreto episodio histórico o en un determinado personaje para elaborar su relato y construir una película en torno a ello. La complejidad que implica rodar un largometraje debe presuponer que existe una conexión especial, de la naturaleza que sea, con esos contenidos. “El testamento de Ann Lee” se presenta como una recreación de hechos reales sucedidos a finales del siglo XVIII, con el fervor religioso de fondo y transitando por esa línea, en ocasiones difusa, que separa una religión de una secta. Visto así, tal vez suscite un cierto afán profundizar en tales episodios del pasado pero, al menos en mi caso, asistí a la proyección sin percibir el enlace entre los protagonistas y la trama, de modo que visioné con distancia y escaso interés la narrativa visual y sonora ideada por su directora, Mona Fastvold.

Fastvold, actriz, realizadora y productora noruega, empezó a resultar conocida tras participar en la producción de “The Brutalist”. Como intérprete, ha intervenido brevemente en “El amor y otras cosas imposibles”. Detrás de las cámaras, aprecié su trabajo en “El mundo que viene”, una cinta también de ambientación histórica que me recomendaron y que plasmaba un atrayente y emotivo triángulo compuesto con acierto por Vanessa Kirby, Casey Affleck y Katherine Waterston. Sin embargo, en “El testamento de Ann Lee” ha optado por una deriva musical y dramática algo confusa. Ciertamente, el musical constituye un género complejo para construir sobre él un drama. Funciona mejor frente a la comedia, el romance o los relatos desenfadados y ágiles.

Más allá de la corrección técnica y la optimización visual, lo que cuenta y cómo lo cuenta me genera extrañeza y, sobre todo, lejanía. Más allá de su originalidad formal, se apoderó de mí la apatía ante una propuesta que se enreda y se pierde en el propio laberinto creado por la cineasta.

Ann Lee, líder religiosa fundadora del movimiento “Shaker” a finales de 1770, erigió una especie de comunidad utópica. Venerada por sus seguidores como una figura divina, considerada incluso el Jesucristo femenino, Ann inspiró una forma de devoción única basada en la música, la danza y la vida colectiva. La narración explora su visión espiritual, el fervor de sus fieles y los ideales que marcaron aquel movimiento a la búsqueda de pureza, igualdad y trascendencia en plena era colonial.

Quizás algunos espectadores logren esa conexión mágica con la obra, disfruten con ella y se sientan compelidos por los bailes, las melodías y el mensaje. Pero, incluso en ese caso, las dos horas y cuarto de metraje se tornan, a mi juicio, excesivas. La patente falta de alicientes me supuso un obstáculo insalvable. No hablo de su rigor histórico, pues lo desconozco. Me basta con comprobar que la vertiente musical desentona y que el meollo central tampoco alcanza la intensidad requerida.

El film participó en el último Festival de Cine de Venecia con discreta fortuna. El papel principal corre a cargo de Amanda Seyfried, candidata al Oscar por “Mank” y participante en otros musicales como “Mamma mia!” o “Los miserables”. Se percibe su esfuerzo y desarrolla una buena labor, gracias a la que este año ha recibido una nominación a los Globos de Oro como mejor actriz de comedia o musical. Le acompañan Lewis Pullman (“Top Gun: Maverick”, “Malos tiempos en El Royale”), Thomasin McKenzie (“Jojo Rabbit”, “Última noche en el Soho”), Matthew Beard (“The Imitation Game”, “One Day”) y Tim Blake Nelson (“Lincoln”, “El increíble Hulk”).