La
película "A 500 millas de casa", dirigida por el cineasta británico
Morgan Matthews, se ha convertido en una pequeña sorpresa cinematográfica de
este año. No ha acaparado grandes recaudaciones ni titulares, pero sí ha
terminado por hacerse un hueco a base de la lenta (aunque efectiva) vía de los
comentarios del público. Adaptación de una exitosa novela juvenil de Mark
Lowery, la cinta destila en todo momento ese tono tierno y casi infantil que
puede tanto enganchar como disgustar, usando sin disimulo el recurso de la
emotividad. Pese a poder ser catalogada como una “road movie”, el viaje (o, en
este caso, la huida) se alza como excusa para el desarrollo de los personajes y
se convierte en una evocadora reflexión sobre el duelo, la culpa y la
reconciliación familiar.
No
obstante, en bastantes tramos del metraje deambula peligrosamente por esa
delgada línea entre el afecto y una sensiblería que no convence. Dependerá de
cada espectador recaer en un lado u otro. Pero, en general, el tono resulta
grato y con un cierto regusto clásico que se agradece. Su realizador, sin
demasiada experiencia profesional en la gran pantalla, posee nada menos que
cuatro premios BAFTA en los ámbitos televisivo y documental. Por ello, evidencia
capacidad narrativa y construye cimientos emocionales suficientemente sólidos
como para sostener los cien minutos de proyección.
La
trama arranca en Sheffield, donde dos menores disfrutan de una infancia
aparentemente idílica. Sin embargo, el conflicto estalla cuando uno de ellos escucha
discutir a sus padres acerca de un inminente divorcio que amenaza con
separarlos. Con la ingenuidad y la determinación propias de la niñez, los hermanos
deciden escapar y recorrer las quinientas millas (unos ochocientos kilómetros) que
les separan de casa de su abuelo, esperanzados de que él arregle la situación. En
su camino, los muchachos avanzan gracias a su ingenio y a la ayuda de desconocidos,
hasta la aparición de una música callejera que huye de sus propios problemas y
se convierte en su protectora improvisada.
A
partir de ese momento, el largometraje adopta una estructura más aventurera,
para volver finalmente al drama. Matthews aprovecha el paisaje irlandés para
transformarlo en un personaje más del relato. El montaje juega asimismo con las
rupturas temporales y los recuerdos de tiempos pasados de los protagonistas,
preparando así la senda hacia un final enternecedor que incluye un giro
argumental quizás algo forzado, pero muy eficaz en cuanto al impacto que
provoca en el público.
Roman
Griffin Davis y Dexter Sol Ansell dan vida a ambos jóvenes. El primero ha participado
en algunos títulos conocidos, como “Jojo Rabits” (su debut en la actuación, que
le proporcionó una candidatura a los Globos de Oro) junto a Scarlett Johansson,
o “Silent Night”, en compañía de Keira Knightley. El segundo ha intervenido
fugazmente en varias entregas de “Los juegos del hambre” y en “Here”, de Robert
Zemeckis.
Bill
Nighy encarna al abuelo. Célebre y prolífico intérprete británico, optó al
Oscar por la deliciosa “Living” y trabajó en “Love Actually”, “Una cuestión de
tiempo” o “Piratas del Caribe: El cofre del hombre muerto”. Asume una
importante dosis de la carga emocional y del peso actoral de esta historia.
De
modo secundario figuran Maisie Williams (vista en series televisivas como
“Juego de tronos”, “Doctor Who” o “Mary Shelley”), Clare Dunne (“Spider-Man:
Lejos de casa”, “Cosas pequeñas como estas”), Michael Socha (“Papillon”, “This
is England”) y Deirdre Monaghan (“Problemas de familia”).
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