Existen dudas sobre si procede atribuir a la mera causalidad la coincidencia temporal de dos producciones similares en las salas de proyección. Así, en 1997 los relatos de dos erupciones volcánicas (“Un pueblo llamado Dante's Peak” y “Volcano”) se estrenaron simultáneamente. Un año después, una serie de meteoritos acercándose a la Tierra con intención de destruirla acapararon las carteleras a través de “Deep Impact” y “Armageddon”. También en 2012, sendas propuestas se centraron en idéntica figura: “Blancanieves y la leyenda del cazador” y “Blancanieves (Mirror, Mirror)”. Más llamativa resultó a finales de los ochenta la decisión de abordar la misma historia que reflejan “Las amistades peligrosas” y “Valmont”. Y recientemente, apenas estrenada la versión de Frankenstein de Guillermo del Toro, Maggie Gyllenhaal firma una especie de adaptación de “La novia de Frankenstein”.
Antaño,
estas películas inspiradas en criaturas deformes y engendros aterradores
encajaron perfectamente en esa categoría denominada “serie B”, caracterizada
por sus bajos presupuestos y que durante décadas se exhibieron en las pantallas
grandes de todo el mundo. Se trata de
cintas que dan lugar a un curioso fenómeno ya que, pese a las críticas por su
escasa calidad, generan cierto grado de veneración, como si, en el fondo, ese
halo un tanto cutre les dotase de atractivo. Siempre que rememoro estos filmes
me viene a la cabeza una escena de “Cómo conquistar Hollywood” en la que John
Travolta decía a Rene Russo (cuyo personaje actuaba en esta clase de títulos)
que realizó su mejor interpretación en “Criaturas viscosas 3”, mientras ella,
sorprendida, le respondía incrédula si en verdad había visto semejante
largometraje, creándose entre ambos un clima de burla, pero, a la vez, de
respeto.
“¡La
novia!” (entre admiraciones) no puede considerarse una muestra de “serie B”,
teniendo en cuenta que su presupuesto asciende a los ochenta millones de dólares,
costes de promoción y publicidad aparte. Tal inversión se aprecia en los planos,
donde el colorido, los decorados y la propia recreación de sus esperpénticos
personajes llama la atención por la grandilocuencia de la puesta en escena. Desde
la banda sonora hasta el maquillaje se ven afectados por una suerte de majestuosidad
superficial y de presentación excesiva, fruto de los recursos técnicos y
económicos puestos a disposición de la idea. Por ello, cabe calificarla de
visualmente hipnótica, incluso algo desproporcionada, y conduce a los espectadores
a interesarse por su vistoso envoltorio.
Cosa
distinta supone que, bajo ese papel de regalo, el artículo contenga suficiente
enjundia. Porque, cuando el guion comienza a fallar y determinados mensajes en
absoluto subliminales se potencian tanto que hasta desentonan, la citada puesta
en escena se torna insuficiente. Desde el punto de vista de la emoción también
flaquea bastante, de modo que, si bien no pertenece a la serie B en la forma,
en el fondo termina asemejándose a “Criaturas viscosas 3”.
Gyllenhaal
se sitúa por segunda vez detrás de la cámara, después del drama “La hija
oscura”. En esta ocasión cambia completamente de registro y opta por una
narrativa irregular, aunque apoyada en una estética de relumbrón. Como actriz
ha participado en, entre otras, “La sonrisa de Mona Lisa” o “El caballero
oscuro”.
Forma
parte del elenco una primera figura como Christian Bale. Ganador de un Oscar
por “The Fighter”, ha destacado en “La gran estafa americana”, “El vicio del
poder”, “La gran apuesta” y, por supuesto, la trilogía de Christopher Nolan en
la que da encarna a Bruce Wayne y a Batman.
Le
da la réplica Jessie Buckley (muy galardonada esta temporada gracias a su
protagonismo en “Hamnet”). Completan el reparto la siempre interesante Annette
Bening (“Los timadores”, “American Beauty”), Peter Sarsgaard (“Septiembre 5”,
“Algo en común”), Penélope Cruz (igualmente poseedora de la estatuilla dorada
por “Vicky Cristina Barcelona”) y Jake Gyllenhaal, hermano de la directora
(“Zodiac”, “Prisioneros”).
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