viernes, 4 de abril de 2025

A WORKING MAN



Jason Statham es un actor especial. Él no se amolda a sus personajes. Sus personajes se amoldan a él. Su propio nombre constituye una marca personal. Cuando la gente se refiere a “una película de Jason Statham”, esa mera afirmación basta para describir el film. Se trata de una definición más que suficiente para saber de qué se habla. Su filmografía, en sí misma, conforma una saga. Con independencia de los papeles, las tramas y las circunstancias, su impronta de hombre rudo, resolutivo, violento e irónico le define en apariciones como las de “Transporter”, “Fast & Furious”, “Megalodon” o “Los mercenarios”. El hecho de que se enfrente a un gran tiburón o a un grupo de delincuentes resulta irrelevante. Su incipiente barba de dos días, su cabeza casi rapada y su rictus serio, antes de liarse a dar golpes, suponen un sello o copyright que caracteriza a cada uno de sus trabajos, al margen del realizador que filme cada título. Su condición de estrella lo eclipsa todo y a todos.  
Yo sostengo la singular teoría de que el éxito del género protagonizado por superhéroes y vengadores justicieros radica en la frustración que el sistema judicial genera en esa numerosa ciudadanía que ansía una justicia rápida, efectiva e implacable, habida cuenta de que la Administración encargada de impartirla sólo puede ofrecer lentitud, burocracia y resquicios de escape para los malvados. Comprobar cómo Spiderman frustra el atraco a un banco y detiene a los malhechores al instante, o cómo Superman salva a la Tierra impidiendo siniestros planes para destruirla, o cómo Jason Statham le baja los humos al villano chulo y prepotente de turno, no tiene precio. Y, en esa satisfactoria misión justiciera, Statham ha generado un gran séquito de seguidores. Por lo tanto, si les gusta él, les gustará “A Working Man”. Así de simple. Va tan sobrado que ni siquiera necesita traducción.  
Levon Cade ha dejado atrás un conflictivo pasado para convertirse en un honrado y pacífico trabajador. Desea llevar una vida sencilla y ejercer adecuadamente de padre. Pero cuando la hija adolescente de su jefe desaparece, se ve obligado a retomar las habilidades que hicieron de él una figura legendaria en el oscuro mundo de las operaciones encubiertas. Su búsqueda de la joven universitaria le lleva al corazón de una siniestra conspiración criminal, cuya reacción en cadena amenazará su nueva existencia. 
Dirige David Ayer, un habitual de cintas de acción (“Dueños de la calle”, “Sabotaje”, “Corazones de acero”, “Escuadrón suicida”). Ambos coincidieron ya en el largometraje anterior (“Beekeeper: El protector”) y aquí coescribe también el guion junto a otra leyenda del Séptimo Arte: Sylvester Stallone. A la vista de semejantes datos, no creo que ningún espectador pueda sentirse engañado con la oferta final. Deleitará a sus incondicionales y horrorizará al resto, conclusión prevista desde el primer momento en que se gestó esta producción.    
Existen otros intérpretes que forman parte del elenco, como Michael Peña (“Shooter: El tirador”, “Crash: Colisión”, “La gran estafa americana”), David Harbour (“Viuda negra”, “The Equalizer. El protector”), Jason Flemyng (“El curioso caso de Benjamin Button”, “Lock & Stock”), Merab Ninidze (“Cónclave”, “El espía inglés”), Noemí González (“Cuenta pendiente”) o Arianna Rivas (“The Harvest”). Pero nadie se acordará de ellos, porque “A Working Man” es una película de Jason Statham.



viernes, 28 de marzo de 2025

BLANCANIEVES (Snow White)



No puedo asegurar qué opinaría Walt Disney sobre la deriva que está sufriendo su mítica compañía, pero me aventuro a afirmar que no le agradaría en absoluto. Una de las frases atribuidas a este visionario del cine de animación es: “No me gusta repetir el éxito. Me gusta probar cosas nuevas para tener éxito”. Sin embargo, desde hace ya varios años, Walt Disney Pictures se ha especializado en insistir, reiterar y repetir las mismas historias, personajes y fórmulas. Nada, pues, más alejado de la trayectoria iniciada por su fundador, el profesional ganador de más Oscars que, mientras se mantuvo al frente de su empresa, apostó siempre por nuevas propuestas y por retos no intentados. Así, si en los ochenta y los noventa logró grandes triunfos de crítica y público con largometrajes de dibujos animados como “La sirenita”, “La bella y la bestia”, “El rey león” o “Aladino”, a posteriori ha fiado su creatividad a rodar idénticos relatos con efectos digitales e imagen real, copiando los planos y, en algunos casos, reproduciendo exactamente los diálogos. 

Ahora estrena una nueva versión de “Blancanieves y los siete enanitos”, cuya única aportación innovadora estriba en eliminar del título la referencia a los compañeros de la protagonista, en consonancia con las reglas de lo políticamente correcto. Al margen de otras adaptaciones más o menos libres, la actual cinta pretende ser más fiel que la de 1937, pero en realidad queda desdibujada en su fondo, por mucho que en la forma se obtengan unos dignos resultados. En ese sentido, la parte visual posee gancho suficiente para captar la atención inicial de los espectadores. Asimismo, otro aspecto positivo radica en su ajustado metraje (en torno a los noventa minutos). Sin embargo, se muestra artificial y forzada, sin reflejar ese imprescindible halo mágico e imaginativo propio de los filmes sustentados sobre cuentos y pura fantasía. 

Tras la cámara se sitúa Marc Webb, un cineasta que también debutó a través de videoclips musicales y que dio un prometedor y acertado salto a la gran pantalla con la divertida y ágil “(500) días juntos”. A continuación, ejerció su labor en varias series televisivas, que enlazó con títulos como “Un don excepcional” y “Canción de Nueva York”. Firmó igualmente dos prescindibles entregas de Spiderman (“The Amazing Spider-Man” y “The Amazing Spider-Man 2: El poder de Electro”) hasta encargarse de esta “Blancanieves”. En mi opinión, y visto lo visto, Webb tocó techo en sus comienzos laborales en 2009 y desde entonces ha experimentado un progresivo declive. 

Una lástima, ya que Rachel Zegler se esfuerza enormemente por sostener sobre sus hombros el proyecto. Esta joven actriz, que despuntó encandilando al público en el musical “West Side Story”, a las órdenes de Steven Spielberg, se ha topado con un endeble guion y una desangelada realización que le han impedido hacer más de lo que hace. Posee voz, talento y belleza suficientes para destacar, pero no bastan para ocultar los deméritos ajenos.  
Gal Gadot encarna a la malvada reina. La carrera artística de la intérprete israelí pivota básicamente sobre dos personajes: la Wonder Woman de DC Films y la Liga de la Justicia y la Gisele de varios “Fast & Furious”. Al llevar a cabo un papel de mala tan propicio a la sobreactuación, no cabe una excesiva crítica a su caracterización. Sea como fuere, tampoco compensa la larga lista de taras y lastres de esta “Blancanieves”. 

En intervenciones secundarias figuran Emilia Faucher (vista en la oscarizada “CODA: Los sonidos del silencio”), Ansu Kabia (“Last Christmas”) y Samuel Baxter (“Wicked”).




martes, 25 de marzo de 2025

KEIRA KNIGHTLEY



La actriz y modelo Keira Knightley nació en Londres el 26 de marzo de 1985. A partir de los seis años participó en programas de televisión, debutando en la pantalla grande en la película británica “Dos mujeres” (1994), dirigida por Moira Armstrong. Su primera incursión en Hollywood se produjo con “Star Wars. Episodio I: La amenaza fantasma” (1999), interpretando a Sabé, la encargada de suplantar a la Princesa Amidala, resultando elegida por su gran parecido con Natalie Portman. Posteriormente, acompañó a Thora Birch en “The Hole” (2001) y asumió su primer papel de entidad en “Quiero ser como Beckham” (2002). El salto al estrellato se produjo en 2003, cuando intervino como Elizabeth Swann en la cinta de aventuras “Piratas del Caribe. La maldición de la perla negra”. Al margen del cine, Keira ha participado en bastantes producciones televisivas, como la miniserie “Oliver Twist” (1999) o el telefilm “La princesa de Sherwood” (2001), destacando su protagonismo en “Doctor Zhivago” (2002), donde encarnaba a Lara Antipova, el mismo personaje al que dio vida Julie Christie en la versión cinematográfica. 
Otros títulos de su filmografía son "Orgullo y Prejuicio" (2005), por la que recibió una nominación al Oscar como mejor actriz, y "Domino" (2006), largometraje de acción dirigido por Tony Scott, en el que se convertía en una cazarrecompensas llamada Domino Harvey.
En "Expiación (Atonement)" (2007), de Joe Wright, adaptación de la novela homónima de Ian McEwan, Knightley encabezó el reparto, acompañada de James McAvoy. Este drama romántico ambientado en los años 30 también le posibilitó optar al Globo de Oro a la mejor actriz, además de obtener otras siete candidaturas a las estatuillas de Hollywood, entre ellas las de mejor película y mejor guion. Posteriormente integró el elenco de "La Duquesa" (2008), como Georgiana, una aristócrata del siglo XVIII, ascendiente de Lady Di. Ese mismo año actuó en el drama "En el límite del amor" (2008), en el rol de la amante del poeta Dylan Thomas, Vera Phillips. 
Años más tarde intervino en un título de ciencia ficción sobre clonaciones, adaptación de una obra de Kazuo Ishiguro ,"Nunca me abandones" (2010), donde compartía créditos con Andrew Garfield y Carey Mulligan. Formó asimismo parte del casting de "Sólo una noche" (2010), junto a Sam Worthington y Guillaume Canet. Actuó también en el drama criminal "London Boulevard" (2010), sobre un libro de Ken Bruen y en unión de Colin Farrell, y en "Un método peligroso" (2010), en la piel de una estudiante de Medicina que contactaba con los psiquiatras Jung (Michael Fassbender) y Freud (Viggo Mortensen). 
Más recientemente ha vuelto a trabajar las órdenes de Joe Wright en “Anna Karenina”, brillante adaptación de la célebre novela, y acaba de estrenar “Begin Again" y "Descifrando enigma" por la que ha vuelto a ser nominada al Oscar.
Otras películas suyas son “Jack Ryan: Operación Sombra” (2014) de Kenneth Branagh; “Colette”(2018) de Wash Westmoreland; “Secretos de Estado” (2019) de Gavin Hood; “El día que vendrá” (2019) de James Kent; o “El estrangulador de Boston” (2023) de Matt Ruskin