Es
un misterio lo que mueve a un artista, en este caso a una cineasta, a fijarse
en un concreto episodio histórico o en un determinado personaje para elaborar
su relato y construir una película en torno a ello. La complejidad que implica
rodar un largometraje debe presuponer que existe una conexión especial, de la
naturaleza que sea, con esos contenidos. “El testamento de Ann Lee” se presenta
como una recreación de hechos reales sucedidos a finales del siglo XVIII, con
el fervor religioso de fondo y transitando por esa línea, en ocasiones difusa,
que separa una religión de una secta. Visto así, tal vez suscite un cierto afán
profundizar en tales episodios del pasado pero, al menos en mi caso, asistí a
la proyección sin percibir el enlace entre los protagonistas y la trama, de
modo que visioné con distancia y escaso interés la narrativa visual y sonora
ideada por su directora, Mona Fastvold.
Fastvold,
actriz, realizadora y productora noruega, empezó a resultar conocida tras participar
en la producción de “The Brutalist”. Como intérprete, ha intervenido brevemente
en “El amor y otras cosas imposibles”. Detrás de las cámaras, aprecié su
trabajo en “El mundo que viene”, una cinta también de ambientación histórica
que me recomendaron y que plasmaba un atrayente y emotivo triángulo compuesto
con acierto por Vanessa Kirby, Casey Affleck y Katherine Waterston. Sin
embargo, en “El testamento de Ann Lee” ha optado por una deriva musical y
dramática algo confusa. Ciertamente, el musical constituye un género complejo
para construir sobre él un drama. Funciona mejor frente a la comedia, el
romance o los relatos desenfadados y ágiles.
Más
allá de la corrección técnica y la optimización visual, lo que cuenta y cómo lo
cuenta me genera extrañeza y, sobre todo, lejanía. Más allá de su originalidad
formal, se apoderó de mí la apatía ante una propuesta que se enreda y se pierde
en el propio laberinto creado por la cineasta.
Ann
Lee, líder religiosa fundadora del movimiento “Shaker” a finales de 1770,
erigió una especie de comunidad utópica. Venerada por sus seguidores como una
figura divina, considerada incluso el Jesucristo femenino, Ann inspiró una
forma de devoción única basada en la música, la danza y la vida colectiva. La
narración explora su visión espiritual, el fervor de sus fieles y los ideales
que marcaron aquel movimiento a la búsqueda de pureza, igualdad y trascendencia
en plena era colonial.
Quizás
algunos espectadores logren esa conexión mágica con la obra, disfruten con ella
y se sientan compelidos por los bailes, las melodías y el mensaje. Pero,
incluso en ese caso, las dos horas y cuarto de metraje se tornan, a mi juicio,
excesivas. La patente falta de alicientes me supuso un obstáculo insalvable. No
hablo de su rigor histórico, pues lo desconozco. Me basta con comprobar que la
vertiente musical desentona y que el meollo central tampoco alcanza la
intensidad requerida.
El
film participó en el último Festival de Cine de Venecia con discreta fortuna. El
papel principal corre a cargo de Amanda Seyfried, candidata al Oscar por “Mank”
y participante en otros musicales como “Mamma mia!” o “Los miserables”. Se
percibe su esfuerzo y desarrolla una buena labor, gracias a la que este año ha
recibido una nominación a los Globos de Oro como mejor actriz de comedia o
musical. Le acompañan Lewis Pullman (“Top Gun: Maverick”, “Malos tiempos en El
Royale”), Thomasin McKenzie (“Jojo Rabbit”, “Última noche en el Soho”), Matthew
Beard (“The Imitation Game”, “One Day”) y Tim Blake Nelson (“Lincoln”, “El
increíble Hulk”).